de enredijos cotidianos
alumbran sospechosos;
los faroles de un camino
se despierta aun cansado,
la nostalgia de un ser vivo.
Y mirando al cielo fijo;
que susurra al oído
que odias por momentos
el hecho de estar vivo,
y en lo profundo del momento
solo anhelas estar muerto.
Y en el juego de las estrellas;
que con soberbia despejan
el firmamento de inmensos mares
y de humanos sometidos
a falsas misantropías;
donde la luna no alumbra
y el pecado es infinito.
Son soberbias las estrellas;
al querer ser su madre
Y atraviesan los arboles,
anhelando una inocente alma
cautiva entre los espejos;
del silencio incomprensible
de sus presos consentidos.
Y sin padre definido;
sin buscar quien los proteja
son criados del destino,
dado una noche por un profeta
que vio llorar a un lindo niño.
Vuelven al principio
donde nada era distinto,
y en la oscuridad del mundo
de infinitos asesinos:
narraran una historia
sin olvido en los oídos.
Y testigos son las llamas;
de un clamor que es infinito,
donde lentamente invade el olvido.
Contemos la historia;
de un demonio comprimido
en el cuerpo de una santa,
donde sobran los cumplidos
al ángel escondido,
en bellos ropajes escogidos
por el tiempo y su olvido.